CIUDADES PARA EL DESARROLLO HUMANO

“La verdadera necesidad es la que el ser siente de ser lo que es: el ave de volar, el pez de nadar y el intelecto de filosofar.  Esta necesidad de ejercitar la función o acto que somos es la más elevada, la más esencial”.

José Ortega y Gasset. “¿Qué es la filosofía?”1

Una de las grandes problemáticas que presentan las ciudades del siglo XXI es su capacidad por alienar a los que viven en ellas; es decir, a sus ciudadanos. La falta de espacios para la dimensión humana, la sensación de inseguridad, la impersonalidad de sus calles y la contaminación de su medio ambiente – del aire, de la tierra y del agua- desarraigan al ser humano de su cualidad más esencial, que es la de ser en sí, la de vivir consciente de su propio ser. Uno de los mayores retos de aquellos cuyo trabajo o disciplina versa sobre la ciudad es entender las realidades físicas que permiten a los seres ser personas conscientes de su propio ser y de vivir en una realidad constituida no solamente por objetos sino también por otros seres que a su vez son personas, animales, árboles, objetos…

A continuación, se presenta una serie de temas esenciales para el desarrollo humano de las personas que habitan las ciudades. Cuestiones que a menudo han sido olvidadas por los diseñadores de la ciudad, pero que a juicio del autor, son los factores constituyentes que convierten a una ciudad en una “Buena Ciudad”. Se entiende, por lo tanto, que todos ellos son los pilares que permiten que la ciudad sea un espacio para el desarrollo personal de sus habitantes.

Los temas tratados son, a juicio del autor, aspectos esenciales que toda ciudad que se precie de ser considerada “humana” posee. Podrían considerarse imperativos categóricos, usando la terminología kantiana, que existen en las ciudades de todo el mundo. El hecho de ser considerados aspectos universales, que trascienden las circunstancias culturales de una región del planeta, implica considerar dos puntos antes de proseguir con el discurso.

En primer lugar, se considera que todos los seres humanos tienen un común denominador en cuanto a las necesidades se refiere. Manfred Max Neef las ha sintetizado en nueve: Subsistencia, protección, afecto, comprensión, participación, creación, recreo, identidad y libertad.2 En base a las necesidades referidas se desarrollan los argumentos que fundamentan a una buena ciudad.

En segundo lugar, existen una serie de consideraciones que podrían adjetivarse de circunstanciales en cuanto a los argumentos que se tratan en el presente ensayo. Sin embargo, no hay que ignorarlas por el hecho de ser circunstanciales. Se entiende que para que una ciudad sea buena, los urbanistas tienen que pensar en ellas. Las condiciones medioambientales y socioculturales en las que se ubica la ciudad resultan determinantes en el diseño de una buena ciudad. No obstante, al considerarse aspectos subjetivos, no van a ser tratados en el ensayo.

ARGUMENTOS PARA EL DESARROLLO HUMANO DE LAS CIUDADES

Silencios

La primera de las cuestiones se refiere a aquellos espacios, aquellos momentos en los que la mente puede abstraerse, ensimismarse en su propio ser. Podrían considerarse los espacios básicos para el encuentro del individuo con su propio ser. De la misma forma que las composiciones musicales tienen silencios o que las obras de teatro tienen entreactos que permiten a la mente recapacitar, reconducirse, las ciudades tienen lugares o situaciones que permiten a sus ciudadanos detenerse a pensar en su propio ser y en su relación con la ciudad. La capacidad que tiene una ciudad para generar estos momentos permite que sus ciudadanos puedan tomar conciencia de su existencia y de esta forma evitar el desarraigo permanente al que están sometidos en las metrópolis contemporáneas.

En una urbe, los silencios son aquellas situaciones en las que el ciudadano es invitado a habitar. En ellas, el sujeto degusta el paisaje urbano que le circunda con su propia conciencia, generando una suerte de toma de conciencia de un mismo en relación con su entorno; una sensación de bienestar mental que mejora la calidad de vida del ciudadano al sentirse ubicado en sí mismo y en la realidad mundana.

El arte, entendido como aquella manifestación cultural que invita a las personas a detenerse y reflexionar, puede dar muchas pistas acerca de la naturaleza de los silencios en las grandes ciudades. El arte urbano, o incluso, el urbanismo entendido como disciplina artística, son disciplinas clave en la configuración de los silencios en las metrópolis.

No obstante hay que apuntar que cada vez más la sociedad siente cierta animadversión hacia el silencio. Permanentemente los ciudadanos de las metrópolis necesitan estar conectados a un ruido de fondo; sea éste la melodía de una canción, o la conversación con un programa de mensajería instantánea, etc. Una prueba fehaciente de este fenómeno se encuentra en el uso cada vez más predominante de aparatos electrónicos en los espacios públicos, cuya razón se puede atribuir a la búsqueda que tienen los ciudadanos por encontrar un ruido que llene sus pensamientos cuando se encuentran ante el silencio, tal vez por miedo o desazón, que imponen ciertas situaciones urbanas.

Revalorizar y potenciar el silencio que hay en ciertas escenas de la ciudad entendiéndolo como un factor que revierte positivamente a los habitantes es una de las claves que construyen una buena ciudad.

Recuerdos

Las ciudades se construyen de recuerdos en las memorias de las personas. Los ciudadanos construyen mapas mentales de sus ciudades en base a cómo han vivido sus partes – sus calles, sus plazas, sus edificios, sus barrios…- generando así una estrecha relación entre la persona y su ciudad. La ciudad entendida como espacio para la vida de sus ciudadanos influye de manera decisiva en la identidad de éstos porque forma parte de la experiencia vital de ellos.

De la misma forma que el filósofo Gaston Bachelard observó que la casa se remite a la idea de hogar3, entendido éste como espacio protector del propio ser; la ciudad, puesto que al final es una agrupación de hogares, habría que comprenderlo como un gran hogar que da cobijo a los seres que lo habitan.

Las ciudades cuyos elementos urbanos son capaces de transmitir al ciudadano la idea de hogar son urbes muy edificantes para las personas que las habitan. Son ciudades en las que el propio ser siente estar ligado a ellas, y por lo tanto, éstas son en las que las personas se pueden identificar como tales y pueden establecer un vínculo entre su propia existencia y la realidad que las rodea.

Horizontes

La cuestión del horizonte fue una de las ideas fundamentales del urbanismo de la modernidad. Las primeras Siedlungen alemanas ya buscaban que sus habitantes pudieran visualizar de algún modo la cuestión del horizonte. Las ciudades contemporáneas, ya sea por la contaminación del aire o por el afán de aprovechar el suelo – creando calles sin luz diurna debido a los altos edificios que las conforman- no dan la posibilidad de que el ciudadano pueda disfrutar de los elementos esenciales de la realidad mundana: de la tierra (la tierra entendida como suelo sin haber sido tratado artificialmente), del cielo, y de la línea que los separa: el horizonte.

El ser humano, a lo largo de la historia ha buscado estos elementos como símbolos de una realidad más universal que la de su entorno más cercano, hecho que le ha permitido formularse muchas preguntas sobre su existencia y su propio ser.

La cuestión del horizonte va más allá del hecho poético. El horizonte ubica al ser humano en una escala universal. Le permite entenderse a sí mismo como un ciudadano más de lo que el filósofo Marshall McLuhan ha llamado aldea global4. La aldea global es el fenómeno que explica que debido a las tecnologías de la comunicación, los habitantes de todo el planeta cada vez tienen mayor sensación de estar habitando en una pequeña aldea en la que todos sus habitantes saben de los otros y están permanentemente conectados.

Si bien McLuhan plantea que la aldea global solo es comprensible en la medida en que las tecnologías de la información han evolucionado y popularizado, lo cierto es que el horizonte, el cielo y la tierra, generaron, desde los orígenes de nuestra civilización, un sentimiento de pertenencia y arraigo a una realidad universal, que escapaba del entorno más inmediato que el ser humano es capaz de percibir con los cinco sentidos. En otras palabras, el horizonte posibilita – huelga decir que de una forma mucho más primaria que las telecomunicaciones- el sentimiento de arraigo al planeta tierra, es decir, a la aldea global.

Diálogo

Por último las ciudades existen gracias a la convivencia de muchos seres humanos. Es condición indispensable que para que una ciudad exista sus habitantes tienen que interactuar entre ellos.

El tejido que conforma la ciudad es tejido social; tejido constituido por relaciones entre personas. De esta forma, la ciudad entendida como espacio físico se convierte en el escenario para que estos fenómenos de interconexión puedan tener lugar.

El pensamiento objetivista desarrollado en la primera mitad de siglo XX principalmente por la filósofa Ayn Rand, sirvió de incubadora para el ideal del individuo moderno, cuyos intereses, aspiraciones y libertades chocan frontalmente con las de la colectividad.

Dado que el ciudadano moderno podía –y debía- prescindir de lo colectivo, la tendencia predominante del urbanismo moderno fue la de obviar la creación espacios y situaciones propicias para que las personas tomaran conciencia de que se encontraban en una comunidad, y de que la existencia de su propio ser se nutría de la existencia de los demás seres.

Las ciudades en las que los ciudadanos pueden tomar conciencia de la existencia de otros ciudadanos son urbes en las que reina un ambiente de respeto, tolerancia y solidaridad. Son lugares en los que los seres se pueden sentir realizados como personas puesto que pueden existir en armonía con la realidad inmaterial que las rodea. Son esferas en las que el ciudadano puede expresarse como es, sin renunciar a sus valores, a su naturaleza… Lugares en los que el ser humano puede expresar su humanidad; es decir, que puede permitirse la “desfachatez” de expresarse, de consentir un espacio para el permanente “parir” de identidades y entidades.

Las metrópolis deben permitir que el ciudadano pueda expresar su forma de ser; sus valores. De ser así, el sujeto será fiel  y coherente a sí mismo. Será, en términos kantianos, un sujeto autónomo, y por lo tanto, un sujeto realmente libre. De lo contrario, si al individuo no se le es permitido expresar su humanidad, éste se verá forzado a someterse a principios de terceros por lo que pasará a ser un ser heterónomo.

La falta de diálogo sigue siendo una problemática generalizada en las grandes ciudades de hoy día. Recuperar el sentido de coexistencia de muchos seres en una misma ciudad – en un mismo hogar- va a ser el factor clave que permitirá que en un futuro las ciudades sigan siendo ciudades. De lo contrario, la humanidad habrá perdido una batalla que tiene pendiente, o quizás, ya se habrá perdido a sí misma.

CONCLUSIÓN

En base a tres argumentos se ha intentado explicar los factores constituyentes de una ciudad que tiene en consideración al ser humano, tesis que respondería a la pregunta: ¿Qué es lo que hace que una ciudad sea una buena ciudad?

El lector habrá podido comprobar cómo los tres conceptos guardan una relación multiescalar: mientras que uno hace referencia al sujeto, el segundo hace hincapié en la relación entre éste y su entorno más inmediato. Finalmente el tercer argumento se focaliza en la relación entre el sujeto y una realidad mucho más universal, que abarca todo el planeta que habitamos.

A modo de conclusión, invitaría a reflexionar acerca del concepto de aldea global definido McLuhan, puesto que implica un cambio de paradigma en como entendemos la ciudad hoy en día. El salto de escala implica nuevos retos para aquellos que piensan acerca de la ciudad, puesto que se corre el peligro de perder definitivamente la dimensión humana de las ciudades. Los argumentos planteados en este artículo, puesto que hacen referencia a aquello intangible que constituye la ciudad, pueden servir de fundamento para abordar los problemas de la ciudad sin dimensión física, sin consistencia formal; la ciudad etérea.

BATTERY PARK LANDFILL

Agnes Denes, Battery Park Landfill, 1982

Bibliografía seleccionada

  1. Ortega y Gasset, José. Obra selecta: Meditaciones del Quijote; ¿Qué es la filosofía?; La rebelión de las masas; Carta a un alemán; En torno a Galileo; Historia como sistema; Ideas y creencias; Prólogo a la historia de la filosofía de Émile Bréhier; La idea de principio en Leibniz (selección). Biblioteca de Grandes Pensadores. Madrid: Editorial Gredos. 2012. ISBN 9788424923327
  1. Max Neef, Manfred. Desarrollo a escala humana. Colección Antrazyt. Barcelona: Editorial Icaria. 2000. ISBN 9788474262179
  1. Bachelard, Gaston. La poética del espacio. Colección Brevarios, México DF: Fondo de Cultura Económica, 2ª edición, 1975. ISBN 9789681609238
  1. MacLuhan, Marshall y Quentin Fiore. El medio es el masaje: un inventario de efectos. Colección Paidós Studio 65. Barcelona: Editorial Paidós, 1ª edición, 1988. ISBN 9788475090153
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