El valor de lo público

“La historia de la ciudad es la de su espacio público. Las relaciones entre los habitantes y entre el poder y la ciudadanía se materializan, se expresan en la conformación de las calles, las plazas, los parques, los lugares de encuentro ciudadano, en los monumentos. La ciudad entendida como sistema, de redes o de conjunto de elementos – tanto si son calles y plazas como si son infraestructuras de comunicación, áreas comerciales, equipamientos culturales es decir espacios de uso colectivos debido a la apropiación progresiva de la gente – que permiten el paseo y el encuentro, que ordenan cada zona de la ciudad y le dan sentido, que son el ámbito físico de la expresión colectiva y de la diversidad social y cultural. Es decir que el espacio público es a un tiempo el espacio principal del urbanismo, de la cultura urbana y de la ciudadanía. Es un espacio físico, simbólico y político”.  (Jordi Borja, en: “El espacio público, ciudad y ciudadanía”, 2000)

Las ciudades, al igual como sucede con todos los seres vivos, vive contínuos procesos de tranformación, de mutación o reconfiguración, producto de una serie de diferentes fenómenos económicos, tecnológicos, pero sobre todo, sociales y culturales. Las sociedades evolucionan (o si se quiere recalcar en varios casos, involucionan) dando paso en este proceso a un cambio en su normal comportamiento, haciendo un uso diferente del tiempo, y con ello, la manera de moverse y comunicarse.

Este desarrollo de las ciudades y sociedades, donde el efecto de la globalización tanto económica como informacional posee una gran implicancia, tiene efectos diversos y contradictorios. Según Gustavo Remedi en “La ciudad Latinoamericana S.A. (o el asalto al espacio público)” una de la más importantes transformaciones es la modificación sustancial del espacio social, que implica y expresa a su vez, nuevas formas de reorganización real y simbólica de los espacios de la ciudad, como resultado de una manera diferente de vivir, de pertenecer y de relacionarse en ella.

Sin embargo, como en todo proceso de transmutación, podemos ver los resultados de dicha globalización y el establecimiento de una nueva sociedad que enfoca sus objetivos en el consumo masivo. Entre estas dinámicas es posible vislumbrar el llamado urbanismo de productos, donde la sumisión al mercado y a la competitividad, da como resultado que la fuerza económica es el motor de la iniciativa privada y la debilidad política es el motor de la iniciativa pública… “Podemos contemplar como se pretende hacer ciudades a partir de parques temáticos, ciudades empresariales, barrios cerrados, infraestructuras al servicio del vehículo privado e individual, las zonas de viviendas segregadas por clases sociales, plazas y monumentos enrejados, etc. y observamos con preocupación como se crean bloques conservadores en las zonas de ciudad hecha y equipada, con los miedos y los intereses que se oponen a los cambios y a las mezclas. Es el espacio público el que paga la factura de los “productos urbanos”, Jordi Borja, en: “El espacio público, ciudad y ciudadanía”.

“El crecimiento de la ciudad privada en donde la desorganización de las antiguas calles y ciudades es reemplazada por un tipo de experiencia urbana mesurada, controlada y organizada que está íntimamente relacionada con una fusión de consumo, entretenimiento y cultura de masas. Estos desarrollos casi urbanos intentan proveer de toda la energía, la variedad, estimulación visual y oportunidades de cultura de las cosas reales, pero al mismo tiempo dejan fuera los problemas que acompañan la vida urbana, la pobreza y el crimen. De esta manera los inversores acaban con las mezclas de diferentes clases de gente…” (John Hannigan. 1998).

Las ciudades, por definición, son los lugares donde la gente desconocida se encuentra. Gustavo Remedi recalca en “La ciudad Latinoamericana S.A. (o el asalto al espacio público)” que la ciudad ha sido a la largo de su historia un escenario natural del ciudadano como un actor social, por lo que, toda la ciudadanía está íntimamente vinculada con la experiencia de la ciudad y la participación en una malla de espacios sociales, organizaciones y movilizaciones de variada índole y sentido, abiertos y disponibles a los ciudadanos. Sin embargo, para que una verdadera “actuación” del ciudadano y la ciudad se lleve a cabo, deben existir realmente estos espacios, deben existir bienes y servicios sociales y culturales en cantidades y calidades necesarias, es decir, la realización plena de la ciudadanía depende, estrechamente, de la riqueza y disponibilidad de la integridad y permeabilidad del tejido urbano, puesto que es allí donde se hallan los espacios y los medios culturales necesarios para la práctica de la ciudadanía.

“El hombre tiene que tener lugares y momentos próximos a la reflexión, que constituyan ciudadanía recuperada”. (Humberto Gianini).

El espacio público es un espacio capaz de ser sometido a una regulación determinada por parte de la administración pública, propietaria o que posee la facultad del dominio sobre el suelo, y que garantiza la accesibilidad a todos y fija las condiciones de utilización y de instalación de actividades. Este espacio público moderno no es más que el resultado de la separación formal entre la propiedad privada urbana (expresada en el catastro y vinculada generalmente al derecho a edificar) y la propiedad pública por adquisición de derechos por medio de la cesión), que normalmente supone reservar este suelo libre de construcción.

Por otra parte, el espacio público también posee una dimensión sociocultural, es un lugar de relación y de identificación, de manifestaciones políticas, de contacto entre las gentes, de expresión comunitaria; el espacio público es un lugar para la manifestación y el encuentro social, en él se satisface necesidades urbanas colectivas, que trascienden los límites de los intereses individuales de los habitantes de la ciudad. Según Fernando Viviescas eb¡n “Espacio Público: Imaginación y planeación urbana”, el espacio público además de responder a necesidades físicas, el espacio público configura el ámbito para el despliegue de la imaginación y la creatividad, el lugar de la fiesta (donde se recupera la comunicación de todos con todos), del símbolo (de la posibilidad de reconocernos a nosotros mismos), del juego, del monumento, de la religión. En este sentido, y según lo expuesto por Segovia y Dascal en “Espacio Público, Participación y Ciudadanía”, la calidad del espacio público se podrá evaluar sobre todo por la intensidad y la calidad de las relaciones sociales que facilita, por su capacidad de acoger y mezclar distintos grupos y comportamientos, y por su capacidad de estimular la identificación simbólica, la expresión y la integración cultural.

De esta manera, al hablar de los espacios públicos como lugares que satisfacen necesidades específicas e ilimitadas, es necesario volcarnos también en la definición de los espacios públicos como capital económico (conjunto de bienes que producen riqueza) y capital social (conjunto de interacciones sociales que generan oportunidades). Robert Putnam en “Making Democracy Work” define capital social como aquellos rasgos de la organización social como confianza, normas y redes que pueden mejorar la eficiencia de la sociedad, facilitando acciones coordenadas.

Los espacios públicos como capital económico principalmente, son realmente escasos, pocos son los espacios de la sociedad que rentan monetariamente  y por sí solos al ser construídos; aquí sería posible explayarnos al intentar vincular la inversión en estos espacios con una actividad económica favorable producto de un aumento del turismo del lugar, y esto sólo sería posible si el bien al que referimos es realmente capaz de transformarse en un ícono de la ciudad, haciendo posible dicho aumento en la actividad turística y con ella, la actibidad monetaria. Es por esto que cuando hablamos de espacios públicos, principalmente hablamos de capital social, hablamos de un conjunto de bienes que como inversión nos retribuiría no económicamente pero si socialmente.

No obstante, es posible hablar de una retribución no tangible, no traducible en términos monetarios en una sociedad avocada a la ganancia económico y al consumo en masa?

Hasta el momento, la lógica de hacer ciudad ha parecido basarse únicamente en la ganancia económica y la especulación. Sólo una vez conquistado el territorio disponible y el verdaderamente rentable, se visualiza el proceso de segregación que esto conlleva y finalmente se presta atención a estos lugares de encuentro, estos espacios públicos. Y es que el terreno que concentra población vulnerable sufre una depreciación de su valor social, con grandes costos sociales como la pérdida de cohesión y la amenaza de conflicto social, afectando al desarrollo de la ciudad.

“La segregación social en el espacio urbano se ha incrementado; crecen las desigualdades de ingresos y de acceso real a las ofertas urbanas entre la población; colectivos vulnerables o más débiles viven en la marginación de guetos o periferias; los tiempos de trabajo y transporte aumentan, se pierden o debilitan identidades y referencias, hay crisis de representación política y opacidad de las instituciones que actúan en el territorio”. (Jordi Borja, en “Revolución y contrarrevolución en la ciudad global”, 2005).

Y es a partir de dicha segregación social y urbana que nace la inseguridad y delincuencia en la sociedad, es en el poco sentido de apropiación del lugar y, principalmente, de la escasa o nula identidad que tienen con éste que se genera gran parte de los conflictos. En un ambiente de construcción colectiva de inseguridad se abandona el espacio público, y si una mayor y mejor convivencia social está vinculada estrechamente a la apropiación del espacio público por parte de la ciudadanía, y con ello el sentido de identidad, es medular preguntarse cómo resguardar dichos espacios.

“En la ciudad tradicional, histórica… la memoria urbana es bastante fácil de definir. Es la imagen que permite a los ciudadanos identificarse con su pasado y presente como una entidad cultural, política y social. Los espacios privilegiados de los monumentos como marcas en el tejido de la ciudad…”  (Anyhony Vidler. 1992).

En el caso de Chile, en los barrios de bajos ingresos la segregación, y con ello, la apropiación excluyente de un lugar por parte de un determinado grupo social convierte a dicho espacio en un lugar socialmente estigmatizado o restringido, al cual quienes no pertenecen deciden no acudir, o no se sienten invitados. Así lo muestra un estudio realizado por Olga Segovia el 2005, donde se determina el uso de los espacios públicos de tres conjuntos de vivienda social: los niños y niñas pequeños (de 0 a 3 años de edad) no están en los espacios públicos; los adolescentes son el grupo con mayor presencia, particularmente del género masculino; los adultos mayores no frecuentan los espacios públicos; es significativa la mayor presencia de hombres que de mujeres. Cabe destacar que en todos los casos estudiados se manifiesta que la presencia de espacios públicos ha contribuido a la sociabilidad de residentes del entorno y usuarios: aumentando las capacidades de vínculo con personas conocidas y desconocidas, planteando demandas y dialogando con las autoridades, desarrollando situaciones de intimidad familiar o con conocidos que no se pueden dar en los espacios privados o familiares, e incrementando la autoestima.

Es así como resulta importante destacar el valor que se le da a estos espacios, los que a pesar de no contruibuir monetariamente (al gobierno o la sociedad directamente) si contribuyen fructosamente a las personas, a los ciudadanos, a la sociedad en general. Son las mismas familias las que le otorgan un gran valor a las oportunidades de recreación y esparcimiento junto a sus hijos que les ofrecen parques y plazas, principalemnte en el caso de familias cuyas viviendas son extremadamente pequeñas, y muy en especial en el caso de blocks de departamentos.

Es por esto, que resulta de vital relevancia no sucumbir a la tentación de dejar el desarrollo urbano al mercado y la libre competencia, debemos enfocarnos en su rentabilidad social, cutural y civil, pero también, en su retabilidad en términos políticos, de gobernabilidad y económicos, generando atracción y creación de nuevas actividades. Sin lugar a duda, una ciudad concebida simplemente como bienes intercambiables, como simples productos que responden a una oferta y una demanda guiada por la acumulación sólo permite construir una ciudad fragmentada, socialmente segregada, económicamente poco productiva, culturalmente miserable y políticamente ingobernable.

“En muchos sentidos, el lugar privilegiado para promover esta diversidad es el espacio público. Es a partir de un proceso de articulación integral de historias, intereses y requerimientos particulares que se genera y preserva un patrimonio público” (Olga Segovia, Ricardo Jordán en: “Espacios públicos urbanos, pobreza y construcción social”, 2005)

Es así como, podemos afirmar que el espacio público contribuye a enriquecer tanto el espacio privado como el social. Y es por esto también, que según Jordi Borja, el fortalecimiento de la convivencia social en espacios públicos seguros a escala de barrios y a escala de la ciudad se presenta como un desafío para las políticas sociales: habitacionales, urbanas, sociales y culturales. Una activa política de espacios públicos de calidad, que impulse y fortalezca un uso intensivo y diverso y que promueva una acción positiva hacia grupos vulnerables y de riesgo, contribuye eficazmente a crear un ambiente de seguridad.

Y si a esto le agregamos, según lo expuesto por Bernardo Kliksberg, que el capital social es un recurso acumulable que crece en la medida en que se hace uso de él, odríamos hablar que la inserción de capital social implicaría círculos virtuosos, donde experiencias exitosas de confianza se renuevan, y de no ser implemantados, implicaría círculos viciosos, donde la falta de confianza socava la cooperación y termina por incrementar la desconfianza. Es así como el capital social, como otras formas de capital, se incrementa con su uso; y es de esta manera que pequeños éxitos pueden dar confianza par ir avanzando hacia acciones mayores, sólo nos resta otorgar el verdadero valor a las cosas.

“El espacio público ciudadano no es un espacio residual entre calles y edificios. Tampoco es un espacio vacío considerado público simplemente por razones jurídicas. Ni un espacio “especializado”, al que se ha de ir, como quien va a un museo o a un espectáculo”. (Jordi Borja, en: “El espacio público, ciudad y ciudadanía”)

¿Cómo se están construyendo nuestros espacios públicos en los sectores vulnerables de la ciudad? Los invito a mirar con otros ojos nuestro espacio público y preguntarse si estamos construyendo una buena ciudad para todos.

BIBLIOGRAFÍA

– BORJA, Jordi. El espacio público, ciudad y ciudadanía. 2000. http://pensarcontemporaneo.files.wordpress.com/2009/06/el-espacio-publico-ciudad-y-ciudadania-jordi-borja.pdf

– BORJA, Jordi. Revolución y contrarrevolución en la ciudad global. 2005.

– REMEDI, Gustavo. La ciudad Latinoamericana S.A. (o el asalto al espacio público). http://elobservatorio.info/latinoamericana.htm

– SEGOVIA y DASCAL. Espacio público, participación y ciudadanía. 2000

– SEGOVIA y JORDÁN. Espacios públicos urbanos, pobreza y construcción social. 2005

– VIVIESCAS, Fernando. Espacio público: imaginación y planificación urbana. 1997.

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