Una buena ciudad es un Roquefort

 

Un Roquefort es un queso, una masa compacta pero flexible, heterogénea, llena de vacíos de diferentes tamaños.

Una ciudad es, básicamente, una aglomeración de gente viviendo en un lugar geográfico restringido con el objetivó de, juntos, mejorar su condición o encontrar más posibilidades de mejorar su calidad de vida. Pero para que sea buena una ciudad, coexistir sin compartir no es suficiente, no maximiza esta fuente de contactos, intercambios y enriquecimientos inherentes al estado urbano.

Entonces, para desarrollar su pleno potencial una buena ciudad debe primero tener densidad física, o un equivalente, es decir una red de transporte eficaz que reduce al mínimo el tiempo de viaje. Eso importa porque genera proximidad, intercambio y conectividad. Permite a la gente de convivir con mucho más personas que si vivía en el campo y también permite de cumplir fácilmente más actividades.

Barcelona, una de las ciudades las más densas de Europa, es un ejemplo de esta proximidad tanto por su casco antiguo con callecitas estrechas hormigueando de gente que por el Eixample, su famoso plano urbano con manzanas octogonales de alta densidad. Todo se puede encontrar caminando o desplazándose en un tiempo muy reducido. Le resulta con una ciudad a luz de mano.

Segundo, estas interacciones generadas por la densidad tienen que tomar sitio físicamente, así la importancia del vacío urbano para dejar lugar al encuentro, al enriquecimiento mutual. Una buena ciudad tiene lugares indefinidos que la gente puede aprovecharse, haciendo la ciudad suya, dando vida a iniciativas como ferias o mercados temporales. También, el vacío puede, y debe ser virtual en el sentido que quedan espacios de diálogo, de creación, de cultura que permiten a la gente de expresarse de manera espontánea y de proponer otras maneras de vivir, de pensar.

Por lo tanto, no corresponde solo a los ciudadanos de animar a los espacios públicos, pero también a iniciativas privadas o institucionales. Son ellas que tienen los medios de organizar grandes eventos para las multitudes como el Festival International de Jazz de Montréal (un orgullo para la ciudad) que toma sitio en una plaza dedicada a los festivales en el centro de la ciudad y donde podemos encontrar a conciertos gratuitos para todos los ciudadanos. Estos vacíos dejan sitio a la creación de una identidad ciudadana.

Tercero, una buena ciudad es heterogénea. Cuando más personas diferentes conviven juntas, maximizado será su estado urbano porque cada una se enriquecerá más del contacto con los otros. Confrontando ideas, argumentos y opiniones, la gente participa activamente a mejorar la  calidad de vida de todos. Un buen ejemplo de este rasgo es la ciudad de Montreal en Canadá. Desde el principio, ya, es una ciudad bilingüe donde la mitad de la gente habla inglés y la otra francés, creando una identidad mixta, única. A veces en oposición, a menudo conviviendo, este rasgo es un orgullo de su población y una fuente fecunda de creación.

Así pues, tal el Roquefort, una ciudad es buena cuando su población heterogénea vive de manera compacta, pero, paradójicamente, también con espacios, con vacíos donde puede convivir, expresarse y disfrutar de su urbanidad.

Alumno: Sébastien Beauregard

 

Canadian Tourism Comission

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