Habitar la calle

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Los espacios públicos son los que conforman la ciudad. Las calles, veredas y parques son los lugares que todos podemos recorrer, observar e intervenir. De esta manera, una buena ciudad es acogedora, es decir, permite habitar la calle.

El concepto de habitar, no solo contempla que sea accesible, sino también involucra la identidad y participación del ciudadano. Dado que una ciudad no es solo lo construido, es también sus habitantes.

Al pensar que una calle o espacio público se habita, de inmediato surgen requerimientos que generan ciudades inclusivas. Una calle habitada, es aquella que posee una escala humana. Necesita de lugares iluminados,  acondicionados para las personas, que son también peatones. Esto genera un círculo virtuoso, dado que numerosos “ojos en la calle” generan calles más seguras. También atraen al comercio, posibilitando barrios de uso mixto.

Para lograr calles habitadas, se necesitan recorridos peatonales, que sean alimentados por un transporte público integral. Esto contempla no solo buses y metro, sino también bicicletas.

Asimismo, una ciudad acogedora requiere de una integración de clases sociales en los barrios. Permitiendo el acceso a los servicios, y el encuentro entre vecinos de distintos características. Esto posibilita que la mayor parte de las calles sean habitadas, y que no exista una desconfianza hacia el espacio público de determinados barrios. Dado que conociendo distintas realidades, y compartiéndolas, los peligros asociados a la exclusión y segregación son amortiguados.

Por otra parte, los espacios públicos se activan al ser habitados. Las plazas y parques adquieren sentido cuando se les da un uso intensivo. El espacio para recreación y deporte es fundamental para lograr integración y organización en los barrios. Además, en una plaza es donde la escala humana es palpable. Los juegos de niños, las bancas, los faroles, están todos diseñados y adecuados para el esparcimiento de una persona. Promueven el uso libre e intervención espontánea del espacio público.

Aquellos lugares más especializados, culturales y cívicos, permiten la expresión y participación ciudadana. Aportan asimismo a la educación y el turismo. Aquellos en que se da una manifestación cívica, sobretodo, posibilitan la intervención de la ciudad. Las marchas de los movimientos ciudadanos, demuestran un uso intensivo de la calle, en el cual el habitante se convierte en ciudadano, y se hace cargo de sí mismo y su sociedad.

De esta manera, habitar la calle es motor de una ciudadanía activa. Aquella que es parte de la ciudad, y que al hacerse consciente de ello, la hace propia y la interviene. Los habitantes generan una identidad, basada en la participación, y una ciudad inclusiva con escala humana.

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